Entramos por las ventanas: los caminos hacia el derecho al aborto
Por: Eliana Robles-Pallares, directora de Investigaciones de ILEX Acción Jurídica En 1705, la naturalista Maria Sibylla Merian anotó en Surinam que las mujeres esclavizadas e indígenas usaban las semillas de la flor de pavo real para interrumpir sus embarazos. Lo hacían, escribió, para que “sus hijos no nacieran esclavos como ellas”. Las mujeres negras esclavizadas, dueñas del conocimiento y el uso de las plantas para la salud del útero y la regulación de la menstruación, encontraron en el aborto la manera de sostener el gobierno de su propia reproducción bajo un sistema que había atado su capacidad de gestar al lucro esclavista. Como mostró Angela Davis en Mujeres, raza y clase, interrumpir un embarazo fue para ellas un acto de resistencia contra un sistema que convertía su descendencia en propiedad y, a la vez, una afirmación de soberanía sobre sus propios cuerpos, allí donde el derecho no las reconocía como mujeres ni como personas. La pulsión por decidir sobre el propio cuerpo es tan antigua como el intento de negarla. Así como entonces, los caminos hacia el derecho al aborto los han labrado y andado las mujeres desde tiempos remotos, antes incluso de que existiera el control del Estado sobre las decisiones que atraviesan, afectan y transforman sus cuerpos. Y también después de los marcos legales restrictivos y de la mayor criminalización. Han sido muchos esos caminos y diversas las formas de abrirlos. Las mujeres de los años setenta, con el movimiento de prácticas de autoayuda, inventaron formas de acompañamiento y protocolos para la extracción menstrual que ayudaban a autogestionar el aborto de manera segura y clandestina, y diseminaron esas guías a otros territorios donde pudieran adaptarse. Eran aprendidas y practicadas por mujeres que buscaban el control colectivo de la salud, conformando redes que siguen siendo vitales frente a la criminalización. Angustiadas por una morbilidad y una mortalidad materna que en muchos países dobla y hasta triplica la de sus pares sin pertenencia étnico-racial, las mujeres negras han transmitido y garantizado el traspaso de información que salva vidas a través de acompañantes, multiplicadas como respuesta solidaria a los marcos legales que las empujan a la clandestinidad y al aborto inseguro. En el Brasil de los años ochenta, en un contexto de restricción total, las mujeres pobres, en su mayoría negras, siguieron buscando rutas, herramientas e invenciones que les permitieran interrumpir sus embarazos sin que les costara la vida, la salud y la libertad. Así encontraron un medicamento para las úlceras gástricas, con severas contraindicaciones en el embarazo porque provocaba abortos: el misoprostol, un medicamento que hoy hace parte de la Lista de Medicamentos Esenciales de la Orgnanización Mundial de la Salud. A comienzos de este siglo, la médica holandesa Rebecca Gomperts comenzó a trasladar a mujeres desesperadas por interrumpir sus embarazos a un barco ubicado en aguas internacionales. Allí les suministraba Misoprostol y Mifepristona de forma segura y legal, pues allí regía la jurisdicción holandesa que protege el derecho al aborto. Gomperts llamó a su iniciativa Women on Waves (Mujeres en las olas), y, aunque fueron pocas las mujeres que llegó a atender, su estrategia se convirtió en un hito por hackear el derecho internacional para producir precedentes judiciales, conversación pública y presión legislativa alrededor de la necesidad de legalizar el aborto. En América Latina, esa fuerza tiene un color y se expresa vivamente en las calles. La Marea Verde, nacida en Argentina y hoy extendida por el continente, es un movimiento vivo y creativo: del pañuelo verde a la Causa Justa que amplió el derecho en Colombia, sacó el aborto del silencio y lo puso en el centro de la conversación pública. Dentro de esa marea, las mujeres negras han tejido su propio cauce. En el Pacífico, las parteras afrocolombianas y colectivos como la Red Mariposas de Alas Nuevas sostienen las redes de salud sexual y reproductiva que hacen posible decidir. El reclamo de las mujeres negras incluye el aborto, pero no se limita a él. Exigimos una justicia reproductiva que garantice el derecho a tener hijos, a no tenerlos y a criarlos en condiciones dignas. Que puedan crecer a salvo de los agrotóxicos que enferman y de la criminalización que se lleva la vida de los jóvenes negros. Gracias a esos esfuerzos multiplicados globalmente y a la movilización social sostenida de organizaciones, en las últimas décadas diversos países han empezado a flexibilizar sus prohibiciones y a garantizar la interrupción voluntaria del embarazo en condiciones dignas y seguras. La existencia de un delito y de marcos restrictivos no nos detuvo en el pasado y no nos detendrá en el presente. Porque poder decidir sobre el propio cuerpo es también una medida de la salud de la democracia: donde ese derecho se niega, la ciudadanía de las mujeres queda a medias. Pero tenerlo escrito en el marco legal no basta para ejercerlo. En Colombia, el aborto es un derecho constitucional. La interrupción voluntaria del embarazo (IVE) está permitida hasta la semana 24 sin necesidad de acreditar una causal y después, sin límite temporal, aplican las tres causales de la Sentencia C-355 de 2006 (riesgo para la vida o la salud de la mujer, malformación fetal incompatible con la vida extrauterina y violencia sexual). Así lo decidió la Corte Constitucional en 2022, en un proceso al que las organizaciones de mujeres negras presentaron escritos explicando los efectos desproporcionados de la penalización del aborto en las mujeres afrodescendientes. Aún así, las mujeres negras, indígenas, migrantes, con discapacidad y las que viven en la ruralidad tardan más en saber que pueden acceder a la IVE, y son las que más tardan en llegar a los servicios. No por negligencia, como muchos piensan, sino por desigualdades estructurales en el acceso a la información, en la infraestructura vial y en las redes de salud cercanas. Como documentamos en ILEX Acción Jurídica en la investigación IVE desde el margen, es más probable que estas mujeres vivan en desiertos de anticoncepción, territorios donde conseguir un método, o siquiera la información para usarlo, resulta casi imposible. A
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