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‘Los Bárbaros’: ser y sentirse parte de la reconstrucción

Por Beatriz Valdés Correa, líder de Comunicaciones e Incidencia de ILEX Acción Jurídica. El 10 de agosto de 2026, Yossuar Moreno Moreno durmió apenas una hora. ‘DJ Yomo’, como lo conoce todo el mundo, había terminado su trabajo en la fiesta quibdoseña bien avanzada la madrugada, y ya asomaba el sol cuando él apenas iba a tocar la cama. No duró mucho el sueño. A las 7:34 lo despertó el movimiento de la tierra. Un temblor de 7.4 grados sacudió el país, pero con mayor fuerza el Chocó y varios departamentos vecinos.  Sabría después que el terremoto, aunque él no usa esa palabra, sino que dice “lo que pasó”, dejó 331 muertos en todo el país. Pero ese lunes no hubo mucho más que confusión. Darse cuenta de la magnitud de la tragedia, andar un poco la ciudad y estar con su familia. El martes, un amigo suyo publicó un estado en WhatsApp que cambió la forma en la que él y más de 150 jóvenes en Quibdó, la capital de Chocó, enfrentarían la catástrofe. Ese 11 de agosto llegaron a la Diócesis de Quibdó dos camiones llenos de ayuda humanitaria, pero no había quien los descargara. El llamado de su amigo era a que todos los jóvenes fueran a poner el hombro. Yomo, de 30 años, acudió al llamado, como lo hicieron otros que vieron el mensaje y regaron la petición, porque en Quibdó todo el mundo se distingue entre sí. Deimer Córdoba Murillo también fue. La misma mañana en la que a Yomo lo despertaba el terremoto, a Deimer se le sacudían los pies mientras regresaba a casa después de hacer su rutina en el gimnasio. Córdoba, de 27 años, es madrugador. Todos los días los empieza con ejercicio, que es lo que más le gusta y por lo que se hizo licenciado en Educación Física, Recreación y Deportes. Entonces, claro, lo que pensó ante el llamado a descargar camiones era que esa fuerza, acumulada durante años, podía ser de ayuda. Y lo fue. Después de esos primeros dos camiones llegaron decenas más con toneladas de comida, agua e implementos necesarios para que las familias afectadas por el sismo pudieran gestionar su día a día: desde enlatados y colchonetas hasta productos de gestión menstrual. La carga era pesada. Por eso la comunidad que presenciaba la cadena humana, cajas y cajas que pasaban de mano en mano, con ritmo, con rapidez, empezó a exclamar: ¡Qué bárbaros! ¡Cómo cargan todo eso, son unos bárbaros! El nombre quedó. Está plasmado en las dos camisetas, la blanca y la negra, que recibieron como donación de un privado y de la Gobernación para identificarse. Son las prendas que terminan empapadas de sudor al final del día. Por el trabajo, por supuesto, pero también por el baile, por la recocha y, como dicen Yomo y Deimer, por la alegría. La alegría que también hace sudar. “¡Estamos listos para servir! Si quieres venir, pues vení”. Ese lema, cantado y bailado, anima la solidaridad. No solo la de los jóvenes de Quibdó que descargan los camiones sin recibir pago alguno, sino también la de una comunidad entera que se ha ocupado de alimentarlos y cuidarlos.  Yomo recibe mensajes y llamadas a lo largo del día. Una persona le escribe para decirle: “¿Dónde están? ¿Tienen agua? Les voy a mandar 50 refrigerios”. Otra lo llama para decirle que ya pueden ir a almorzar en una olla comunitaria. Y todos les agradecen. Es una cadena de solidaridades. “Los Bárbaros son un grupo de jóvenes que a donde llegamos tratamos, desde lo que somos, desde lo que nos caracteriza, de llegar con energía y con el folclor para que la gente sienta que no están solos, para que sientan que la tristeza la podemos convertir en alegría, obviamente sin olvidarnos de lo que está pasando o de lo que pasó”, dice DJ Yomo. En una ciudad en la que ser joven ha sido un estigma durante demasiado tiempo, la tragedia modificó la mirada. ‘Los Bárbaros’ y ‘Las Barbaritas’, como les llamaban a las jóvenes que también cargan, agregaron una capa a esa cosa ya tan documentada y aparentemente inamovible, esa realidad de hace tantos años: Quibdó es una ciudad en la que existen pandillas y grupos armados que tienen alianzas con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), un grupo insurgente, y el autodenominado Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), un grupo paramilitar. Esta alianza violenta funciona reclutando a jóvenes que están a merced porque viven la pobreza y falta de acceso a derechos y servicios, como infraestructura en salud o conectividad. Lejos de ser un hecho casual, estas condiciones son producto del racismo estructural que se manifiesta en el abandono histórico a una región mayoritariamente formada por gente negra. En otro momento en el que, como ahora, la Universidad Tecnológica del Chocó (UTCH) y los colegios estuvieran cerrados, el conflicto ya se hubiera tragado a varios. Jóvenes con los que hablé hace algunos meses me lo dijeron: en el paro la gente se retira de la universidad.  Mientras los jóvenes están desocupados, una voz vecina o amiga plantea un negocio del que después es imposible salir. Lo es porque los tentáculos del crimen son largos, pero también porque las autoridades e instituciones no se enfocan en prevenir, sino que rara vez actúan, y eso significa que, una vez más, los jóvenes pagarán con cárcel o muerte.  Entonces, esta solidaridad en medio de la catástrofe resulta ser una protección: ellos ayudan, pero también reciben apoyo y reconocimiento.  Deimer Córdoba lo ve así:  — Al comienzo teníamos muchos nervios por los comentarios de que podía haber réplicas, pero ahora, como estamos enfocados en ayudar y descargar, el ánimo es diferente. Tenemos la mente con la sensación y con la alegría de saber que estamos aportando desde lo que podemos, dar nuestro granito de de arena para ayudar al Chocó.  — ¿Te sientes parte de la reconstrucción?, le pregunto. — Me siento parte, la verdad. Y anímicamente me siento mejor. Porque sé

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Carta abierta al presidente Abelardo de la Espriella: sobre la reconstrucción del Pacífico tras el terremoto

Señor ABELARDO DE LA ESPRIELLA Presidente de la República Al Gobierno Nacional, a las instituciones responsables de la atención de la emergencia y al país El sismo del 10 de agosto volvió a poner los ojos de Colombia sobre el Pacífico. Sabemos que cuando la emergencia deje de ocupar los titulares, las comunidades seguirán allí. Seguirán allí las familias que hoy necesitan atención, refugio, agua, vías y servicios de salud. Pero también seguirán allí las desigualdades que existían mucho antes de que la tierra temblara.  En razón a ello, nos permitimos proponer una serie de recomendaciones de cara a lo que sigue. Por eso queremos más allá de la atención inmediata de la emergencia: Colombia no puede reconstruir el Pacífico como si el punto de partida de todos los territorios fuera el mismo. Puede haber emergencias naturales, pero los impactos sociales de estas no son neutrales, sus consecuencias sí están determinadas por las condiciones en las que cada población enfrenta la emergencia, la calidad de sus viviendas, la presencia de hospitales, las vías disponibles, el acceso al agua, la conectividad, la capacidad fiscal de los municipios y la presencia efectiva del Estado. En el caso de un país como Colombia, esas condiciones tienen una historia profundamente marcada por la desigualdad racial. Durante décadas, las comunidades negras del Pacífico han vivido las consecuencias de una distribución profundamente desigual de la infraestructura, los servicios públicos y la inversión estatal. El Chocó se encuentra entre los territorios con mayores déficits en infraestructura sanitaria. En los municipios con más del 75% de población afrocolombiana la capacidad instalada en salud es de apenas 42 camas y 9 salas por cada 10.000 habitantes, frente a un promedio de 107 camas y 17 salas en el resto del país. El propio departamento del Chocó tiene el menor número de profesionales de salud del país en la mayoría de las áreas asistenciales; en 2017 contaba con solo 1.8 bacteriólogos por cada 10.000 habitantes, frente a 8,89 en Bogotá*. Asimismo, municipios con alta concentración de población afrodescendiente tienen menores capacidades fiscales propias y una alta dependencia de las transferencias nacionales. Un aumento de 10 puntos porcentuales en la concentración de población afrocolombiana se asocia con aproximadamente 1,6 puntos porcentuales más de dependencia de transferencias fiscales y la cobertura del régimen subsidiado de salud disminuye aproximadamente 0,3 puntos. Estos mismos territorios registran mayor pobreza multidimensional y mayor mortalidad materna e infantil, con una razón de mortalidad materna que aumenta cerca de 9,5 puntos por cada 100.000 nacidos vivos, y una mortalidad infantil que aumenta cerca de 2,1 puntos por cada 1.000 nacidos vivos, por cada 10 puntos adicionales de concentración afrocolombiana**. Es decir, los territorios que enfrentan algunas de las mayores necesidades son, al mismo tiempo, aquellos que cuentan con menos recursos propios para responder a ellas. Por eso esta emergencia no puede ser atendida únicamente desde la lógica de la ayuda humanitaria. En el marco de estas circunstancias, los lineamientos de política pública para atender la emergencia y para la reconstrucción deben incluir criterios de justicia racial, inversión pública redistributiva y reconstrucción territorial. La respuesta estatal debe orientarse a contribuir a cerrar las brechas históricas que hicieron que esta emergencia golpeara con mayor fuerza a determinadas comunidades. Por ello resulta indispensable que la atención inmediata, la recuperación y la reconstrucción incorporen un enfoque étnico-racial explícito.  Hoy los sistemas presupuestales del Estado tienen enormes dificultades para identificar cuánto gasto público beneficia específicamente a las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras. Al revisar los catálogos presupuestales del Presupuesto General de la Nación 2024 (3.645 registros) y del CUIPO (una muestra de 500.000 registros) con doce términos de búsqueda asociados al cuidado, no se encontró una sola fila desagregada por grupo étnico-racial en el CUIPO. Ninguno de los principales sistemas de información presupuestal del país (PGN, el SIIF y el CUIPO) cuenta hoy con un clasificador que permita aislar de manera sistemática el gasto dirigido a estas comunidades. Recomendamos que el Gobierno Nacional establezca desde el inicio de la emergencia un mecanismo público de seguimiento a los recursos de atención y reconstrucción, con información desagregada territorialmente y, cuando sea posible, étnico-racialmente. La participación comunitaria tampoco puede reducirse a socializar decisiones ya tomadas. Las comunidades negras del Pacífico cuentan con organizaciones, autoridades territoriales, liderazgos, sistemas comunitarios de cuidado y conocimientos propios que históricamente han sostenido la vida allí donde la presencia institucional ha sido insuficiente. Es necesario reconocerlas como interlocutoras de las decisiones que afectan sus territorios.  Asimismo, la incorporación del enfoque étnico-racial también debe comenzar desde el levantamiento de la información sobre la emergencia, considerando que una parte importante de las afectaciones se concentró en territorios del Pacífico colombiano. El Gobierno Nacional debe garantizar un registro único y territorialmente desagregado de personas, hogares y comunidades damnificadas, que no se limite a contabilizar viviendas afectadas o ayudas entregadas. Esta identificación debe garantizar como mínimo captación del autorreconocimiento étnico-racial, así como variables como sexo, edad, discapacidad y ubicación geográfica, incluido los aspectos territoriales, como la pertenencia a consejos comunitarios o resguardos indígenas. Dado el contexto territorial, es necesario garantizar la adecuada captación de afectaciones a la vivienda, pérdida de medios de vida, acceso a agua, salud, energía y conectividad, condiciones de movilidad y nivel de aislamiento territorial. La Constitución colombiana ha reconocido que la igualdad no consiste en tratar de manera idéntica realidades profundamente desiguales. El enfoque diferencial no es una concesión ni un privilegio. Es una herramienta para hacer efectiva la igualdad. Estas exigencias no nacen únicamente del derecho interno colombiano, sino que también encuentran fundamento en las obligaciones y compromisos internacionales asumidos por el país. La Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, ratificada por Colombia mediante la Ley 22 de 1981 obliga a los Estados partes a prohibir y eliminar la discriminación racial y a garantizar, en condiciones de igualdad, derechos como la vivienda, la salud pública, la asistencia médica, la seguridad social y los servicios sociales, así como el acceso a los lugares y

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Modelo de derecho de petición para Solicitud de caracterización e inclusión en el Registro Único de Damnificados (RUD)

Encuentre aquí un modelo de derecho de petición para solicitar la caracterización e inclusión en el Registro Único de Damnificados (RUD). ¿Qué es este documento y para qué le sirve?Es una carta formal que usted le entrega a la alcaldía de su municipio para pedir que a usted y a su familia los incluyan en el Registro Único de Damnificados (RUD). Por qué importa: según el Decreto 1171 del 11 de agosto de 2026, para efectos de la atención del desastre se consideran personas damnificadas aquellas que figuran en el RUD. Si usted no queda en ese registro, no aparece en el listado oficial y puede quedar por fuera de las ayudas. Presentar este derecho de petición es gratis, no necesita abogado y la entidad está obligada a responderle por escrito.

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Balance legislativo para la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera 2025–2026

Este balance actualiza el estado de los proyectos identificados por ILEX en el balance legislativo 2024-2025 y analiza los proyectos de ley y de acto legislativo radicados durante la legislatura 2025–2026 que pueden generar impactos directos oindirectos sobre los derechos, las condiciones de vida y los territorios de la poblaciónnegra, afrocolombiana, raizal y palenquera. DESCARGAR BALANCE AQUÍ El seguimiento al Congreso de la República constituye una herramienta fundamental para evaluar en qué medida las demandas históricas de la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera logran traducirse en decisiones legislativas concretas. En este contexto, el Centro de Estudios para la Justicia Racial (CEJR) de ILEX ha desarrollado una línea permanente de seguimiento al proceso legislativo colombiano. Este documento corresponde al cuarto balance legislativo y consolida un ejercicio de monitoreo descriptivo iniciado con la legislatura 2022-2023. Este balance desarrolla dos ejercicios complementarios. En primer lugar, actualiza el estado de los proyectos identificados por ILEX en el balance legislativo 2024- 2025, con el propósito de establecer cuáles fueron aprobados, archivados, retirados o modificados durante la legislatura siguiente, y precisar qué significan esos desenlaces para la población afrodescendiente, ya mapeados en la dicha legislatura. Y en segundo lugar, el documento analiza los proyectos de ley y de acto legislativo radicados durante la legislatura 2025–2026 que pueden generar impactos directos o indirectos sobre los derechos, las condiciones de vida y los territorios de la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera; la revisión prioriza iniciativas relacionadas con reparación histórica, participación política y laboral, representación étnica, derechos territoriales, etnoeducación, memoria, patrimonio cultural, vivienda y reconocimiento de los pueblos afrodescendientes. Este documento, también incorpora proyectos de alcance general sobre ambiente, tierras, transición energética, seguridad, justicia penal, protección social, turismo, catastro y desarrollo rural, debido a que sus efectos pueden recaer de manera diferenciada sobre comunidades y territorios afrodescendientes porque definen la seguridad de sus territorios ancestrales, su autonomía económica y su supervivencia cultural.

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Francia Márquez, África y los prejuicios que gobiernan la diplomacia

Foto: Flicker Vicepresidencia de Colombia Por: Ana Margarita González – Subdirectora de ILEX Acción Jurídica  El 27 de julio de 2026, el presidente electo Abelardo De la Espriella anunció, a través de sus redes sociales, el cierre de 14 embajadas colombianas. La lista incluye países tan distintos entre sí como Cuba, Hungría, Barbados, Malasia y Azerbaiyán.  Pero algo llama la atención: de esas 14 embajadas, cinco están en África. Argelia, Etiopía, Ghana, Senegal y Sudáfrica desaparecerán del mapa diplomático colombiano. Casi el 36% de los cierres golpea la representación en un continente en el que Colombia tiene apenas el 11% de sus Embajadas.  Nadie parece preguntarse por qué estas Embajadas y no otras porque “es obvio”, de acuerdo con el anuncio, “no se puede mantener una estructura tan costosa que no produce resultados concretos para el país”. Pero el presidente electo en realidad no da una explicación de fondo ¿Cuánto vale la operación de estas Embajadas? ¿Cuál es la diferencia entre el gasto que producen las sedes africanas y el de, digamos, la embajada en Filipinas y Singapur? ¿Qué hace a Addis Abeba menos estratégica que Manila? ¿Qué se entiende por resultados concretos? La respuesta, si se mira con honestidad, no está realmente en los números. Por los anuncios presidenciales y las declaraciones públicas de quién estará a cargo de las relaciones exteriores de nuestro país, la respuesta parece estar en fundada en prejuicios similares a los que, durante años, llevaron a sectores de la opinión pública colombiana a tildar como “safari vicepresidencial” a las visitas de alto nivel que realizó el Gobierno Nacional bajo el liderazgo de la vicepresidenta Francia Márquez al continente africano y, por supuesto, en una visión de la diplomacia que privilegia las relaciones con el Norte global y observa al continente africano bajo un pesado estigma de pobreza, crisis humanitarias y atraso.  Contra este telón de fondo, lo cierto es que Colombia ha sostenido relaciones diplomáticas de larga data con varios países del continente africano cuyas Embajadas cerrarían. La Embajada en Sudáfrica abrió en 1995, después de restablecer relaciones con ese país en 1994, el mismo año en que se celebraban las primeras elecciones con sufragio universal y Nelson Mandela asumía la presidencia. Por su parte, la Embajada en Ghana abrió en agosto de 2013, bajo el gobierno de Juan Manuel Santos, como parte de una apuesta colectiva junto con Chile, Perú y México, los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico, como una estrategia conjunta de presencia en África Occidental. En Argelia, Colombia reabrió la embajada el 5 de febrero de 2014, como parte de una política deliberada de inserción en África del Norte y el mundo árabe. Durante este Gobierno se hizo una apuesta por fortalecer las relaciones con el continente africano sin precedentes, el PND estableció  “Colombia buscará construir una política exterior de justicia racial (…) que reconecte las diásporas y las relaciones con los países del Caribe y de África. Se abrirán nuevas embajadas en los países de África y el Caribe”. Esta apuesta se materializó en la Estrategia Colombia-África 2022-2026, “el primer esfuerzo plenamente estructurado del Estado colombiano” en materia de relaciones con África, un continente con el que nuestro país comparte una historia común y fuertes lazos sociales y culturales, además de desafíos compartidos. La Estrategia África ha avanzado con resultados puntuales como memorandos de entendimiento y acuerdos en áreas de comercio, cooperación técnica, educación, construcción de paz e igualdad de género. La apertura de una ruta de conexión aérea de carga que opera directamente hacia Etiopía, se impulsó el programa Ella Exporta a África, se tejieron puentes con la Unión Africana, y Colombia tomó el liderazgo del bloque latinoamericano y caribeño en el Foro CELAC-África celebrado en Bogotá en marzo de 2026. También se abrieron las embajadas de Senegal y Etiopía.  No obstante, la estrategia África ha sido objeto de todo tipo de improperios. Bajo un escrutinio sin precedentes se generó una controversia pública sobre el precio del combustible del avión que transportó a la comitiva en su primera visita. Se calificó como vagabundería la apertura de Embajadas en este continente y como un acto de banalidad personal y de ‘pendejada’ el propósito de reconectar a la diáspora afrocolombiana con el continente africano. La pregunta “¿para qué ir a África?” no parecía formulada sobre la eficiencia en el gasto público, sino desde los prejuicios racistas y estándares de medida diferentes según el destino de la política exterior: nunca se había armado una controversia por el valor del combustible cuando otros funcionarios viajaron a París o Madrid, nadie habló de vagabundería cuando Colombia abrió o mantuvo embajadas en países con los que el intercambio comercial es modesto. Lo que se juzgó no fue el gasto o la relevancia sino la audacia de considerar que África merecía la misma seriedad diplomática que cualquier otro continente. Esa visión prejuiciosa es la que impide reconocer que el continente africano es un interlocutor estratégico para Colombia. África crece por encima del promedio asiático. La Zona de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA) está creando el mayor bloque comercial del mundo en términos de número de países participantes. Las 55 naciones africanas son casi la mitad del sistema de Naciones Unidas, un bloque de voto inmenso para cualquier iniciativa multilateral. Además, Colombia tiene con África múltiples convergencias: ambas regiones padecen los efectos del cambio climático siendo las menos responsables de él; ambas buscan reformar las reglas del comercio internacional, ambas tienen experiencias de conflicto armado, construcción de paz y justicia transicional que pueden enriquecerse mutuamente. El modelo de integración de la Unión Africana, con sus mecanismos de resolución de crisis y su visión de largo plazo, tiene mucho que enseñarle a América Latina. Por su parte, las embajadas de Etiopía, Ghana, Senegal y Argelia son de gran relevancia. Etiopía es la sede de la Unión Africana. Tener embajada en Addis Abeba es tener presencia institucional frente a la arquitectura política continental. Ghana y Senegal son plataformas para toda África Occidental, una de las regiones de

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Recuperar la imaginación política en tiempos difíciles

Por Audrey Mena, directora de ILEX Acción Jurídica Las elecciones terminaron. Los votos fueron contados, comenzaron los empalmes, se anuncian los nombres del nuevo gabinete y el país debería estar entrando en una nueva etapa de debate sobre prioridades y políticas públicas. Pero Colombia parece incapaz de hacer esa transición. Para unos, los nombramientos anunciados por el presidente electo confirman el temor de un giro autoritario. Para otros, persiste la sospecha menos concreta, pero no por ello menos real, de que ciertos sectores económicos y políticos, algunos hoy dentro del propio gobierno entrante, impidan cualquier transformación sustantiva. No son miedos del mismo tipo. El primero se apoya en trayectorias verificables; el segundo, en una lectura estructural del poder. Pero ambos alimentan la misma sensación, el miedo sigue gobernando la conversación. Y quizás ese sea el dato político más importante que nos dejaron estas elecciones. Durante años hemos repetido que el gran problema de Colombia es la polarización. Cada vez estoy más convencida de que la polarización no es la enfermedad, sino apenas el síntoma. La enfermedad es que somos un país que nunca aprendió a reconocer el trauma colectivo que dejó la violencia. Durante décadas crecimos en medio del conflicto armado, el narcotráfico, el desplazamiento forzado, las masacres, los asesinatos de líderes sociales, la corrupción y una desigualdad persistente. Aprendimos a desconfiar del Estado, de las instituciones y, muchas veces, de quien piensa diferente. La violencia dejó de ser un episodio excepcional para convertirse en una manera de interpretar la realidad. Los traumas colectivos no desaparecen cuando disminuyen los enfrentamientos, permanecen en la forma en que una sociedad entiende el poder, responde a la incertidumbre y se relaciona con el otro. Cuando un trauma no se reconoce, encuentra otras maneras de expresarse: rabia, sospecha, necesidad permanente de encontrar culpables y la sensación de que cualquier cambio representa una amenaza existencial. Detrás de quienes votaron por la derecha y de quienes votaron por la izquierda existe la convicción compartida de que nadie cree que Colombia pueda seguir igual. Quienes respaldaron opciones de derecha expresaron, en su mayoría, una preocupación legítima por la inseguridad, la pérdida de confianza institucional y el deterioro económico. Quienes apoyaron opciones de izquierda manifestaron una inconformidad igualmente legítima frente a las desigualdades históricas, la exclusión y la urgencia de ampliar derechos. Las respuestas son distintas, pero la pregunta que intentan responder es, en el nivel ciudadano, la misma: ¿Cómo cambiamos un país que millones de colombianos sienten que ya no les ofrece certezas? Esa coincidencia ciudadana, sin embargo, no debe leerse como un consenso nacional sobre el cambio, porque no significa que todos los actores con capacidad real de decisión compartan ese interés. Sectores económicos y políticos con poder de veto, algunos hoy dentro del propio gobierno entrante, han demostrado una y otra vez su capacidad para bloquear las reformas que tocan su posición. Que la ciudadanía coincida en la necesidad del cambio no garantiza que quienes deciden coincidan en permitirlo. Y es ahí donde aparece una consecuencia más profunda del trauma colectivo, la pérdida de nuestra imaginación política. Las sociedades heridas tienen dificultades para imaginar futuros distintos, no por falta de inteligencia o creatividad, sino porque el miedo reduce el horizonte de posibilidades. En lugar de construir proyectos propios, organizan su política alrededor de aquello que desean evitar. Por eso nuestra conversación pública está llena de comparaciones, como el temor a ser el espejo de Argentina, El Salvador o Estados Unidos. Aprender de otras experiencias es sano; pensar exclusivamente a través de ellas, no. Cuando dejamos de preguntarnos qué necesita Colombia para preguntarnos qué ejemplo extranjero confirma mejor nuestros temores, renunciamos a imaginar un proyecto nacional propio. Escribo estas líneas no solo como ciudadana, sino como directora de ILEX Acción Jurídica, una organización que ha acompañado a poblaciones afrodescendientes que han vivido la guerra, el racismo, el despojo y el abandono estatal. Y si algo nos han enseñado esas comunidades es que la imaginación política nunca desapareció de Colombia. Lo que ocurrió fue que dejamos de reconocer dónde estaba. Mientras el país discutía cómo sobrevivir al conflicto armado, las parteras del Pacífico siguieron imaginando cómo proteger la vida. Durante la pandemia reorganizaron sus prácticas, fortalecieron redes comunitarias de cuidado y demostraron que el conocimiento ancestral también podía responder a una crisis sanitaria global, sin esperar a que llegara una política pública. Lo mismo ocurrió con el viche, tratado durante décadas como bebida ilegal donde en realidad existía una compleja economía cultural, sus productoras y productores insistieron en imaginar que ese conocimiento fuera reconocido como patrimonio. Y, antes de que existiera una ley que lo protegiera, existió una comunidad capaz de imaginar que ese reconocimiento era posible. Y mientras el Chocó aparecía en las noticias como sinónimo de violencia, procesos como Jóvenes Creadores del Chocó apostaron por la danza, la música y el arte, y construyeron escuelas y proyectos de vida para niños y jóvenes donde muchos solo veían un territorio condenado. Esa apuesta, que puede parecer únicamente cultural, es una negación a aceptar que la violencia tenga el monopolio del futuro. Podría mencionar también a los consejos comunitarios que protegieron los bosques antes de que el país hablara de justicia climática, o a quienes insistieron durante años en que sin datos étnico- raciales no habría igualdad real. Todas esas experiencias nacieron de la imaginación, no del poder. Y quizás ese sea uno de los mayores aportes que las comunidades históricamente excluidas pueden hacer hoy a Colombia, la justicia racial también consiste en ampliar quiénes tienen derecho a imaginar el futuro del país. Durante demasiado tiempo hemos tratado a las comunidades afrodescendientes, indígenas, campesinas y populares como destinatarias de políticas públicas, cuando en realidad han sido creadoras de algunas de las respuestas más innovadoras sobre cuidado, economía, cultura, territorio y desarrollo que tiene Colombia. Quizás el mayor desafío de los próximos años no sea demostrar quién tenía razón en estas elecciones, sino recuperar la capacidad de imaginar un país distinto, uno donde la seguridad y la

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Cuerpos que luchan: derechos sexuales y reproductivos de las mujeres afrodescendientes con discapacidad en Buenaventura

Cuerpos que luchan: derechos sexuales y reproductivos de las mujeres afrodescendientes con discapacidad en Buenaventura Este informe presenta los resultados de una investigación realizada por la Fundación Asesorarte, con el apoyo de ILEX Acción Jurídica, cuyo objetivo fue comprender las barreras, condiciones y posibilidades de acceso a la Interrupción Voluntaria del Embarazo y al ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos por parte de mujeres negras con discapacidad en Buenaventura, Colombia.  DESCARGAR AQUÍ DOCUMENTO COMPLETO Las mujeres negras con discapacidad enfrentan una intersección compleja de desigualdades marcadas por el racismo, el capacitismo, el machismo y la exclusión social. Estas realidades se agudizan en contextos donde el acceso a derechos sexuales y reproductivos, como la interrupción voluntaria del embarazo (en adelante IVE), sigue siendo limitado por barreras culturales, económicas, de infraestructura y por la falta de capacitación de los/las profesionales de la salud. Para los propósitos de este informe, es importante reconocer que las acciones y omisiones de los prestadores de servicios de salud —incluyendo negativas, dilaciones injustificadas y la instrumentalización de la objeción de conciencia— también representan barreras significativas. Estas prácticas vulneran principios fundamentales como la disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los servicios, y perpetúan la exclusión de mujeres, hombres trans y personas no binarias que quieran acceder a una IVE. Este informe presenta los resultados de una investigación realizada por la Fundación Asesorarte, con el apoyo de ILEX Acción Jurídica, cuyo objetivo fue comprender las barreras, condiciones y posibilidades de acceso a la Interrupción Voluntaria del Embarazo (En adelante IVE) y al ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos por parte de mujeres negras con discapacidad en Buenaventura, Colombia.  “Este informe es urgente porque las barreras identificadas en la investigación tienen impactos reales sobre la vida, la salud y la autonomía de las mujeres negras con discapacidad. Es urgente avanzar hacia políticas y servicios más dignos, accesibles y antirracistas para que ninguna mujer quede por fuera del ejercicio pleno de sus derechos sexuales y reproductivos”. Ana Bolena Rodríguez, directora de la Fundación Asesorarte A partir de una metodología cualitativa basada en entrevistas, grupos focales y análisis documental, se construyó una lectura interseccional de las múltiples formas de opresión que enfrentan las mujeres con discapacidad. El estudio analiza cómo se entrelazan el racismo, el capacitismo y la exclusión territorial en el sistema de salud, revelando prácticas sistemáticas de infantilización, revictimización, violencia institucional y negación del deseo sexual y reproductivo. El análisis también aborda el papel del cuidado, la medicalización del cuerpo, y la precarización de la vida como condiciones estructurales que restringen el ejercicio pleno de los derechos. “Uno de los hallazgos más contundentes no está en los testimonios sino en el silencio institucional: cuatro de las siete entidades de salud contactadas nunca respondieron. Eso no es desorganización administrativa. Es una forma activa de gobierno sobre los cuerpos racializados con discapacidad: si no hay datos, no hay problema; si no hay problema, no hay obligación. La invisibilización estadística ausencia de cruces interseccionales entre raza, género, discapacidad y acceso a salud reproductiva es en sí misma un mecanismo de exclusión que precede y sostiene a todos los demás”. Audrey Mena, directora de Ilex Acción Jurídica Este estudio pretende contribuir aunque sea modestamente a la comprensión y análisis de las experiencias situadas de mujeres negras con discapacidad frente al acceso a servicios de salud sexual y reproductiva; el desarrollo de un marco de análisis interseccional y comunitario; y una serie de recomendaciones orientadas a instituciones estatales, personal médico, organizaciones sociales y tomadores de decisión, que buscan fortalecer políticas públicas, servicios accesibles y prácticas institucionales que garanticen la autonomía, el consentimiento informado y el derecho a una vida digna.

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