Foto: Flicker Vicepresidencia de Colombia

Por: Ana Margarita González – Subdirectora de ILEX Acción Jurídica 

El 27 de julio de 2026, el presidente electo Abelardo De la Espriella anunció, a través de sus redes sociales, el cierre de 14 embajadas colombianas. La lista incluye países tan distintos entre sí como Cuba, Hungría, Barbados, Malasia y Azerbaiyán. 

Pero algo llama la atención: de esas 14 embajadas, cinco están en África. Argelia, Etiopía, Ghana, Senegal y Sudáfrica desaparecerán del mapa diplomático colombiano. Casi el 36% de los cierres golpea la representación en un continente en el que Colombia tiene apenas el 11% de sus Embajadas. 

Nadie parece preguntarse por qué estas Embajadas y no otras porque “es obvio”, de acuerdo con el anuncio, “no se puede mantener una estructura tan costosa que no produce resultados concretos para el país”. Pero el presidente electo en realidad no da una explicación de fondo ¿Cuánto vale la operación de estas Embajadas? ¿Cuál es la diferencia entre el gasto que producen las sedes africanas y el de, digamos, la embajada en Filipinas y Singapur? ¿Qué hace a Addis Abeba menos estratégica que Manila? ¿Qué se entiende por resultados concretos?

La respuesta, si se mira con honestidad, no está realmente en los números.

Por los anuncios presidenciales y las declaraciones públicas de quién estará a cargo de las relaciones exteriores de nuestro país, la respuesta parece estar en fundada en prejuicios similares a los que, durante años, llevaron a sectores de la opinión pública colombiana a tildar como “safari vicepresidencial” a las visitas de alto nivel que realizó el Gobierno Nacional bajo el liderazgo de la vicepresidenta Francia Márquez al continente africano y, por supuesto, en una visión de la diplomacia que privilegia las relaciones con el Norte global y observa al continente africano bajo un pesado estigma de pobreza, crisis humanitarias y atraso. 

Contra este telón de fondo, lo cierto es que Colombia ha sostenido relaciones diplomáticas de larga data con varios países del continente africano cuyas Embajadas cerrarían. La Embajada en Sudáfrica abrió en 1995, después de restablecer relaciones con ese país en 1994, el mismo año en que se celebraban las primeras elecciones con sufragio universal y Nelson Mandela asumía la presidencia. Por su parte, la Embajada en Ghana abrió en agosto de 2013, bajo el gobierno de Juan Manuel Santos, como parte de una apuesta colectiva junto con Chile, Perú y México, los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico, como una estrategia conjunta de presencia en África Occidental. En Argelia, Colombia reabrió la embajada el 5 de febrero de 2014, como parte de una política deliberada de inserción en África del Norte y el mundo árabe.

Durante este Gobierno se hizo una apuesta por fortalecer las relaciones con el continente africano sin precedentes, el PND estableció  “Colombia buscará construir una política exterior de justicia racial (…) que reconecte las diásporas y las relaciones con los países del Caribe y de África. Se abrirán nuevas embajadas en los países de África y el Caribe”. Esta apuesta se materializó en la Estrategia Colombia-África 2022-2026, “el primer esfuerzo plenamente estructurado del Estado colombiano” en materia de relaciones con África, un continente con el que nuestro país comparte una historia común y fuertes lazos sociales y culturales, además de desafíos compartidos.

La Estrategia África ha avanzado con resultados puntuales como memorandos de entendimiento y acuerdos en áreas de comercio, cooperación técnica, educación, construcción de paz e igualdad de género. La apertura de una ruta de conexión aérea de carga que opera directamente hacia Etiopía, se impulsó el programa Ella Exporta a África, se tejieron puentes con la Unión Africana, y Colombia tomó el liderazgo del bloque latinoamericano y caribeño en el Foro CELAC-África celebrado en Bogotá en marzo de 2026. También se abrieron las embajadas de Senegal y Etiopía. 

No obstante, la estrategia África ha sido objeto de todo tipo de improperios. Bajo un escrutinio sin precedentes se generó una controversia pública sobre el precio del combustible del avión que transportó a la comitiva en su primera visita. Se calificó como vagabundería la apertura de Embajadas en este continente y como un acto de banalidad personal y de ‘pendejada’ el propósito de reconectar a la diáspora afrocolombiana con el continente africano. La pregunta “¿para qué ir a África?” no parecía formulada sobre la eficiencia en el gasto público, sino desde los prejuicios racistas y estándares de medida diferentes según el destino de la política exterior: nunca se había armado una controversia por el valor del combustible cuando otros funcionarios viajaron a París o Madrid, nadie habló de vagabundería cuando Colombia abrió o mantuvo embajadas en países con los que el intercambio comercial es modesto. Lo que se juzgó no fue el gasto o la relevancia sino la audacia de considerar que África merecía la misma seriedad diplomática que cualquier otro continente.

Esa visión prejuiciosa es la que impide reconocer que el continente africano es un interlocutor estratégico para Colombia. África crece por encima del promedio asiático. La Zona de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA) está creando el mayor bloque comercial del mundo en términos de número de países participantes. Las 55 naciones africanas son casi la mitad del sistema de Naciones Unidas, un bloque de voto inmenso para cualquier iniciativa multilateral. Además, Colombia tiene con África múltiples convergencias: ambas regiones padecen los efectos del cambio climático siendo las menos responsables de él; ambas buscan reformar las reglas del comercio internacional, ambas tienen experiencias de conflicto armado, construcción de paz y justicia transicional que pueden enriquecerse mutuamente. El modelo de integración de la Unión Africana, con sus mecanismos de resolución de crisis y su visión de largo plazo, tiene mucho que enseñarle a América Latina.

Por su parte, las embajadas de Etiopía, Ghana, Senegal y Argelia son de gran relevancia. Etiopía es la sede de la Unión Africana. Tener embajada en Addis Abeba es tener presencia institucional frente a la arquitectura política continental. Ghana y Senegal son plataformas para toda África Occidental, una de las regiones de mayor crecimiento económico del mundo. Sudáfrica es la economía más sofisticada del continente, miembro del G20, puerta de entrada a toda África Austral y Argelia el primer exportador de gas de África y suministró el 14% del gas que consumió Europa en 2025.

De la presencia colombiana en África quedarán en pie las embajadas en Egipto, Marruecos y Kenia, y se anuncia la apertura de una en Nigeria. El mensaje, aunque nadie lo diga explícitamente, es que África “importa” solo en la medida en que encaja dentro de visiones geopolíticas más convencionales.

La pregunta que queda abierta es: ¿cuándo nuestra política exterior va a reflejar lo que somos y a conectar con quiénes se parecen a nosotros? Colombia es un país diverso, afrodescendiente, del Sur Global, con raíces en el continente africano y tiene, por primera vez en su historia reciente, un mapa para reconectar con esas raíces. Ese mapa hoy está en riesgo no por falta de resultados, sino por falta de voluntad para verlos. Cerrar cinco embajadas en África es la reafirmación de que, para una parte de la clase dirigente colombiana, el continente africano sigue sin merecer un lugar en la mesa.

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