Mujeres afrodescendiente

Retomar la aspersión aérea: cultivos muertos, niños enfermos y mujeres rurales en peligro

Por: Beatriz Valdés Correa, líder de Comunicaciones e Incidencia de ILEX Acción Jurídica Pacha recuerda haber visto y escuchado las avionetas. Pasaron por encima de su casa en Bocas de Fugiadó, un corregimiento del municipio de Medio San Juan, en el Chocó. Sí había coca. Pero cerca de esos cultivos también había matas de plátano, yuca, maíz, caña de azúcar y pozos de peces. Estos últimos, o sea, la comida, los había sembrado ella y su familia.  Cuando el sonido de las avionetas les alertó, la gente se guardó en sus casas. Pero sobre todo lo que quedó afuera cayó el veneno, incluyendo a las personas que estaban trabajando en el monte. Dos días después, Pacha por fin se decidió a salir. Fue a ver sus peces y los encontró volteados, flotando. Muertos. Se murieron también los cultivos, y hasta los cerdos. Y a los niños y niñas les salieron sarpullidos. Esto pasó varias veces, con mayor intensidad entre 2012 y 2015. En el Chocó las aspersiones de glifosato se hicieron durante casi 15 años, y el daño fue tanto que más cinco mil habitantes de la región del San Juan y del Baudó se movilizaron en 2011 para pedir que pararan. Incluso, las comunidades enviaron una carta al entonces presidente Juan Manuel Santos en la que denunciaban la aspersión indiscriminada sobre cultivos, animales, quebradas y ríos, así como las afectaciones en la piel de niños y personas mayores. Pero en esa época no estaba en el centro otra cosa que Pacha sí veía: cómo el glifosato afectaba a las mujeres negras rurales como ella.  Pacha es partera. Hace 38 años que se dedica a cuidar la salud sexual y reproductiva de las mujeres, antes, durante y después del embarazo, y calcula que ha atendido 9.000 partos. Por esos años, recuerda, hubo muchos abortos espontáneos y partos en los que los bebés venían con malformaciones: traían las orejas pegadas al cráneo, les faltaba una o tenían labio leporino. Y aunque no lo sabían con certeza, la gente decía que se debía al glifosato. Esa realidad se ha documentado en poblaciones que también fueron asperjadas, como Calamar (Guaviare) y Las Mesas, municipio de El Tablón de Gómez (Nariño). E incluso el caso de Yaneth Valderrama, una mujer caqueteña que tuvo un aborto espontáneo y perdió la vida a causa del glifosato, llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos.  La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) obliga a Colombia a garantizar a las mujeres rurales el acceso a la salud y a condiciones de vida adecuadas (artículos 12 y 14), y su Recomendación General 34 pide protegerlas de los efectos nocivos de los agroquímicos y asegurar su participación en las decisiones sobre la tierra y los recursos. En 2017, las relatorías especiales de la ONU sobre el derecho a la alimentación y sobre sustancias tóxicas advirtieron que la exposición a plaguicidas afecta de forma desproporcionada a mujeres embarazadas, niñas y niños. Para las mujeres negras rurales, estos daños se suman al racismo estructural que el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial ha pedido enfrentar en su Recomendación General 34 sobre personas afrodescendientes, y a una carga de cuidado que ya es desproporcionada. Otra situación que observó y vivió Pacha fue la inseguridad alimentaria. ¿Qué se puede comer cuando todos los cultivos fueron envenenados, cuando todos los peces amanecieron muertos, cuando el agua de la quebrada fue contaminada? ¿Qué se deja de atender cuando toca destinar la plata a comprar comida, cuando antes solo se trataba de ir a buscarla? Apenas unos días después de que Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia, el Consejo Nacional de Estupefacientes expidió la Resolución 006 que deroga la Resolución 6 de 2015, que prohibía el uso de glifosato en la erradicación de cultivos de uso ilícito mediante aspersión aérea. Después, la resolución 007, que ordena un “plan piloto controlado y evaluable” de erradicación también con aspersión aérea en el Putumayo, esta vez con glufosinato de amonio: otro pesticida que está clasificado como “moderadamente peligroso” para la salud por la OMS (la clasificación del glifosato es “ligeramente peligroso”). Más recientemente, la Policía Antinarcóticos solicitó permiso a la ANLA para avanzar con las fumigaciones. Pero el 22 de septiembre el Juzgado Segundo Administrativo de Mocoa suspendió el piloto, porque no se habían cumplido los requisitos ambientales, sanitarios y de consulta previa fijados por la Corte Constitucional en la Sentencia T-236 de 2017 y el Auto 387 de 2019. El Gobierno impugnó la decisión, y hoy el caso está en manos del Tribunal Administrativo de Putumayo. En el plan piloto, según dijo el ministro de Justicia, Iván Cancino, están siendo “perfeccionistas” con la delimitación de los polígonos. También dijo que el piloto no está diseñado para “experimentar qué le pasa al ser humano cuando le hagan una aspersión con uno de los componentes”, sino que se trata de “alejarlo [al ser humano] y ver qué le causa a la mata”.  Esta explicación es insuficiente. Las mujeres rurales están preocupadas porque saben, porque lo vieron, que un avión asperjando no diferencia una mata de coca de una de yuca; que los animales no se mueven en polígonos delimitados; y que el agua que se contamina, contamina a la gente. El resultado es gravísimo: las mujeres se quedan sin su economía de subsistencia y deben destinar a comprar comida y agua el dinero que tenían para atender otras necesidades, o deben recorrer largas distancias para conseguir agua limpia. Entonces, terminan, ellas y sus hijos, sumidas en la inseguridad alimentaria.  También saben, porque lo han vivido, que toda afectación en la salud de un miembro de su familia terminará por aumentar la carga de cuidado no remunerado, ya muy pesada, que cada una de ellas lleva. Esto es especialmente grave en los territorios en los que el acceso a los centros de salud y tratamientos médicos es muy limitado, por lo que deben desplazarse largas distancias para buscar un

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Sobrina, hazte tus trenzas

Por: Sibelys K. Mejía Rodríguez, directora de Movilización Legal y coordinadora de la línea de Territorios, Justicia Ambiental y Paz de ILEX Acción Jurídica Hace unos días, mi sobrina, a poco de cumplir dieciocho, me dijo que quería hacerse trenzas para su cumpleaños. Ella ha llevado su cabello crespo y abundante al natural toda la vida; desde los siete u ocho años no se lo trenza entero. Debo decir que me alegró. Pensé: “Le debe quedar muy bien y le va a gustar todo el proceso”. Pero luego me dijo otra cosa que me dejó helada: “si alguien me dice ESO, yo me pongo a llorar”. Se refiere a lo que me ha pasado, lo que le cuento sobre el mundo que me toca cuando me trenzo el pelo. Llevo casi tres semanas con el estilo que mi sobrina quiere emular. Es un peinado que me gusta, que creo que me sienta bien, que hago cada tanto, que toma horas y manos pacientes, y que hace parte de lo que muchas somos. Me hago trenzas porque me enseñaron a hacerlo, igual que me enseñaron a usar turbantes y cintillos. No debería tener que explicar nada más. Pero en este país el cuerpo de una mujer negra rara vez se deja en paz. Cuando tengo trenzas me observan más, me vigilan más. Pues bien, a los pocos días de estrenar mis trenzas volvió a pasar lo de siempre. Estaba sentada en un café, esperando mi pedido, cuando un hombre de mediana edad se acercó hasta la mesa y me dijo: “Lamento interrumpirle el descanso, pero ¿me puede atender? ¿Me puede mostrar la carta?”. ¿Tan evidente que ni se le ocurrió dudarlo? Su tono no era agresivo, pero llevaba la violencia de quien cree actuar desde una obviedad: para él una mujer como yo, sentada en ese lugar, solo podía estar ahí para atenderlo. El cuento de siempre, gente ayudándole al racismo y al clasismo funcionar a sus anchas.  El comentario de mi sobrina me dice que ya sabe calcular el costo. Ya aprendió, a sus diecisiete años, sin que nadie se lo enseñara en un salón de clase, que hay estéticas que se pagan con exposición. Que ponerse las trenzas puede significar que un desconocido decida, en un café cualquiera, recordarte cuál cree él que es tu lugar. Le respondí a mi sobrina lo que creo: “¡No, señora! Hágase sus trenzas. Que el mundo aprenda. Nosotras no tenemos por qué dejar de hacer las cosas que nos gustan y que hacen parte de nuestras estéticas, nada más porque hay desgraciados en el mundo que se creen muy superiores”. Después de pensar y pensar, sigo creyendo cada palabra. No es negociable. La respuesta a la discriminación no puede ser que nosotras nos hagamos más pequeñas, que nos alisemos, que nos apaguemos, que renunciemos a lo que nos gusta para no incomodar a quien nos desprecia. Eso sería darles la victoria completa, que sería nuestra renuncia. Y sin embargo. Ahora soy yo la que tiene miedo. Porque una cosa es plantarme yo (adulta, algo curtida, con las palabras listas y la rabia entrenada). Y otra muy distinta es mandar a mi sobrina de diecisiete años a un mundo que ya la vi anticipar con temor. Cuando le dije “que el mundo aprenda”, le estaba pidiendo, sin darme cuenta, que fuera ella parte de la lección. Que pusiera el cuerpo. Que aguantara el comentario algunas veces amable y casi siempre demoledor para que otras, algún día, no tengan que aguantarlo. Esa es la trampa en la que nos agarran. Cuando agreden con el racismo nos mantienen a la saga, con la obligación de resistirlo. La misma trenza que quiero pasarle, tejida con el gusto por su propio cabello, las horas de conversación mientras se teje, la certeza de que es hermoso, viene con una coraza pegada que yo no escogí y que ella tampoco. Yo quisiera heredarle solo lo bonito. Quisiera no tener que heredarle también el miedo. Pero no me toca a mí escoger, parece que le toca a un país decidir si va a seguir obligando a unas niñas a ser valientes hasta para poder peinarse como quieran. Así que lo sostengo, aunque me tiemble un poco la voz: hazte tus trenzas, negra. Que el mundo aprenda. Y ojalá aprenda rápido, porque el miedo no debería ser el precio de regalarte un peinado en tu cumpleaños.

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